sábado, 6 de agosto de 2011

AL PAN PAN, VINO VINO

Los chilenos alardeamos de poseer records que otros preferirían callar. Pero así somos los chilenos.
El terremoto más fuerte de la historia, la educación mas cara del mundo, el país latino con mayores diferencias sociales, costas del mundo con mayor numero de naufragios y vamos contando.
Patético.
Chile es como un país yeta, donde Merphi instalo su oficina central y nos tiene a todos trabajando: lo que puede salir mal, saldrá mal.
Pero no es fácil darse cuenta de eso cuando estas instalado con camas y petacas en este recóndito lugar del planeta.
Es un país maravilloso, sin lugar a dudas, pero es como un paradisiaco infierno donde Dios nos pone a prueba en cada minuto y respiro. A prueba por qué? bueno, he ahí la cuestión.
Chile es como una jaula encantada, maravillosa, rodeada de montanas majestuosas, donde vivimos aislados del mundo; pero no lo suficiente como para no copiar lo que viene de afuera e ir perdiendo identidad.
Por ejemplo, alguien podría explicarme en qué momento a los Santiaguinos les dio por hablar con acento argentino e imitar la soberbia porteña?. Increíble. Nada en contra de este pueblo hermano, pero ellos son ellos y nosotros nosotros.
Ah, siempre el chileno tratando de encontrar su identidad en los defectos de los otros, a pesar de que la respuesta la hemos tenido siempre al alcance de la mano y que lamentablemente aparece solo cada vez que a la Tierra le da por zamarrearse en nuestras costas: somos solidarios, los más solidarios del mundo y eso es algo de lo que deberíamos alardear con orgullo cada vez que alguien nos pregunta como son los chilenos. Porque somos una tierra golpeada por tragedias, pero siempre nos levantamos y ayudamos al que está al lado y hemos sido capaces de construir un país en vías de desarrollo que no tiene nada que envidiarle al resto del mundo, porque lo tenemos TODO, nos tenemos a nosotros mismos.
Un país sin mayores riquezas, sin las riquezas de sus vecinos, que se ha convertido en un ejemplo latiamericano. Un país angosto y largo, golpeado de vez en cuando y de cuando en vez por alguna de esas tragedias dignas de Guinness. Sequias, terremotos, maremotos, inundaciones, heladas... y ahí seguimos nosotros "echándole pa delante". 
Pero los chilenos somos discriminadores, clasistas y racistas y podríamos dividirnos en dos grupos que si lo analizamos un poco, saltan a la vista: están los discriminadores y por otro lado los resentidos.
Si por una sola vez, los que van a golpearse el pecho a la iglesia los domingos, abrieran los ojos cuando le entregan una moneda al mendigo de la puerta y lo vieran, o los resentidos dejaran de estarlo por herencia, Chile seria un país maravilloso, unido, aun más fuerte, aun mas admirable. Porque somos todos iguales y todos tenemos los mismos derechos. Porque somos todos hijos de una misma tierra, porque somos todos de una u otra forma hijos del rigor. No puede ser de otra manera si naciste en Chile.
Si los que lo tienen todo dieran hasta que les duela y los que no tienen nada agradecieran lo que reciben y no esperaran que las cosas les llegaran en bandeja, Chile seria potencia.
Si dejáramos la soberbia, el egoísmo, la intolerancia; si dejáramos atrás los rencores, los recuerdos desgastantes; si nos ayudáramos unos a otros no solo para cuando el país se cae a pedazos por una tragedia de la naturaleza...
Pero apesar de todo lo importante que es lo anterior, hay varias cosas sencillas que me han impresionado al volver después de años al país. Lo más importante, es esta sensación de que Santiago vive de luto.
Maravillosa ciudad Santiago, con sus edificios altos, modernos, ascensores y estacionamientos que hablan, tren subterráneo brillante, limpio y luminoso y una cordillera que cuando se ve, nos deja a todos con la boca abierta, como si fuera nuevamente, la primera vez que la admiramos.
Pero el problema de Santiago no es la ciudad: es su gente. Agresivos, mal educados, soberbios, alterados, depresivos, estresados. Es cosa de caminar lentamente por el centro de la ciudad cualquier día de semana: gente empujando sin es mas mínimo respeto, micreros cuasi asesinos, taxistas que creen estar en una carrera de autos chocadores, bocinazos, contaminación, ruido, ruido y más ruido.
Pero si te fijas en los caminantes, tendrás más de una razón para unirte al club de depresivos: el chileno está siempre vestido de luto y lo lleva como tal. Cabizbajo, silencioso, serio. El color que abunda es el negro y los grises en todas sus gamas. Por qué? nunca antes lo había notado.
Años atrás alguien que lleva años viviendo afuera me lo dijo, pero en ese momento creí que era una exageración: "las vitrinas están manchadas de negro" me dijo. Y tenía razón. El chileno se viste de luto. Tal vez por eso somos un país yeta. Tal vez. O tal vez como somos yeta, el negro es nuestro color favorito.
Pero la moraleja de todo esto, es que sería mejor si aprendiéramos a ver el vaso medio lleno y no medio vacío, que por primera vez en la vida y para siempre, nos demos cuenta de que apesar de nuestras desgracias y diferencia, nos tenemos los unos a los otros como una gran familia, con virtudes y defectos, pero que siempre estará para cuidarte de quien te agreda y para defenderte como gato de espaldas aunque jamás haya estado de acuerdo contigo.
VIVA CHILE MIERDA!!!

viernes, 26 de febrero de 2010

Patria emigrante

Ser inmigrante no es fácil. De hecho, es lo más difícil que he experimentado en la vida.

Es un camino solitario, crudo e incluso a veces humillante.
Aprendes a "agachar el moño" y a darte cuenta que aquí, en el auto exilio, no importa tu apellido, en que barrio vivías o a que clase social pertenecías; aquí solo eres inmigrante y ya.

Pero a pesar de todo eso, lo más difícil es repetir cientos de veces la separación de los que amas. Porque para cuando alguien aparece en el aeropuerto de tu nuevo mundo, trae consigo un pedazo de patria, tus raíces, seguridad y un cariño que a veces olvidas tu tierra tiene por ti. Y eso duele. Duele desde que los recibes hasta que se van. Y dura semanas recuperarse de esa bofetada de patria.

Es como comenzar el calvario de nuevo.
Todo inmigrante lo sabe y lo va a experimentar en más de una ocasión. Con dignidad o sin ella.

Vuelves a preguntarte una y mil veces si tanto esfuerzo vale la pena, si tu nueva vida y lo que puedes lograr, vale la angustia de dejar todo lo que has amado por tantos años.

Porque ese conocido rostro que viene del sur, trae consigo más que regalos. Y se te aprieta el corazón desde que lo miras por primera vez después de tanto tiempo, hasta que te deja el alma vacía al partir de nuevo. Y cuesta volver a sobrellevar esa soledad.

Te sientes enfermo, cansado y cuesta respirar. Hasta que te vuelves a acostumbrar a la vida que has logrado y la imagen de Chile se vuelve nuevamente borrosa, una ilusión.

Y regresas a la vida cotidiana, a caminar por las calles y a confundirte con los habitantes de ciudades extrañas tan familiares ahora. Una dualidad difícil de explicar, porque no eres turista ni nativo, y sin embargo, ya eres parte del paisaje.

Pero Canadá es país de inmigrantes y mal de muchos es consuelo de tontos, asi es que puedes refugiarte en la soledad de otros y darte cuenta que no estás solo. Muchos lo lograron antes que tú y muchos lo lograrán después.

Pero ser inmigrante no es fácil y lo recuerdas cada vez que vuelves a dejar la patria partir.

martes, 24 de marzo de 2009

De todo un poco

Estoy aquí, sentada frente al computador sabiendo que hay tantas cosas que decir y sin saber por donde empezar.

Hay noches en que me desvelo y deseo levantarme de la cama y correr al computador a escribir un millón de pensamientos y experiencias para compartir con los que amo.
Supongo que creen que la distancia es parte de mi personalidad y los que me quieren ya se resignaron a ello, pero no es así. Es aún más difícil de explicar y no sé por dónde empezar...

Ya va más de un año en estas tierras lejanas.

Ayer pensaba que mi personaje en esta historia es algo así como Tristan en “leyendas de pasión”, con la diferencia de que yo tengo familia, hijos, auto, internet, teléfono... Ok. Tal vez no me parezco tanto... Pero no es en "eso" a lo que me refiero similar.
Tristan lo dejaba todo, todo lo que más amaba, sabiendo que debía buscar en tierras lejanas el equilibrio. (Debo admitir que con tanto "ruido" a mí me ha llevado más tiempo de lo que esperaba encontrarlo).

Supongo que siempre desee ser como esos hijos pródigos que dejan el hogar para volver algún día renovados. Pero extraño. Cada día extraño a mi familia, mi ciudad, mi país, el océano, Algarrobo, la cordillera. Sentarte frente al mar y saberte libre.

Somos muy afortunados de la patria que tenemos y nos cuesta tanto reconocerlo.

Extraño los domingos en casa de los Urquieta, los fríos fines de semana de invierno en mi gélida pieza de la parcela, caminar con mi marido por las áridas calles de Alcázar y preguntarnos qué será de nuestro futuro, o las noches en familia en el living de la casa de cristal...

Pero, adoro este país. Mentiría si digo que fue amor a primera vista, (porque eso lo he vivido solo una vez en mi vida y fue hace ya 12 años atrás), pero lo amo. Amo su frio invierno, su paz, su seguridad, su gente, su composición de miles de rostros y tipos de personas de diferentes mundos, con diferentes costumbres. Pero amar otra tierra no significa haber dejado de amar la anterior, es sólo haber logrado encontrar dos hogares dentro de un mismo planeta.

Y debo admitir que ese "loco" amor que siento por uno de los paisajes mas maravillosos que he tenido oportunidad de presenciar, se genero el día que nació mi segundo hijo. Antes de eso solo quería arrancar, correr, volar y volver a la seguridad de la patria. Pero con el nacimiento de Enzo, me di cuenta que todo lo que tengo y todo lo que he construido es mitad de aquí y mitad de allá. El cuarto de la familia tiene pasaporte canadiense y eso es algo imposible de cambiar.

Mi descendencia tiene raíces en estas tierras y eso hace ver las cosas con otro cristal de un día para otro, de un minuto para otro. Y cuando pienso en Chile se que no estoy preparada para volver. Si veo, si siento, si recuerdo, tal vez me cueste demasiado tomar un avión de regreso al norte y saberme a miles de kilómetros nuevamente.

Pero eso no es falta de amor. Nunca lo ha sido, y la soledad a veces te quita el sueno...

sábado, 16 de agosto de 2008

Bajo 7 llaves

Canadá es seguro y Montreal una de las ciudades con mejor calidad de vida en el mundo.

Desde que llegamos, no me di cuenta como instantaneamente deje de sentirme insegura. Ya no miraba atrás por si alguien me seguía para asaltarme o mantenía mi cartera pegada a mi como si fuera parte de mi cuerpo.
He podido usar lo que quiera, sin temor a que en la esquina me corten el cuello.

Sin embargo, nunca había visto tanto mendigo y loco suelto.
Es como si los que "peinaran la muñeca" tuvieran pasaje liberado a los países desarrollados.
Gente hablando sola, mal vestidos, gritandole al viento...
En Santiago existen un par de estos ejemplares, pero todo el mundo los conoce. Son una aguja en un pajar. El loco que vive en un árbol en la costanera, o el que se viste como mujer y se pasea con un carro de supermercado por Providencia.
No molestan a nadie. Aquí tampoco.
Por eso uno se termina acostumbrando a ellos o llega un día en que simplemente pasan a ser un elemento mas del paisaje. Simplemente los dejas de "ver".

Pero ayer me sentí insegura por primera vez en Canadá.
Ya me habían contado que hay gente que ha sufrido asaltos en el metro o en los buses, pero nadie que yo conozca.
O uno que otro asalto a mano armada o robos a casas sin sus dueños.
Nada que en Chile no sea pan de cada día.
(Es impresionante como en Sudamerica hemos llegado a vivir con el estres de tanta inseguridad.)
Pero ayer alguien me contó la macabra historia de un hombre que degolló a otro que no conocía, en un bus en alguna provincia de este país, porque "una voz le dijo que lo hiciera"...
Me quede helada y me cuestione que tan seguros estamos realmente aquí.
Me pregunto por que aca en el norte es mas común escuchar ese tipo de historias, pero esas teorías se las dejare a los sociólogos.

Por mi parte no me pretendo arriesgar y a partir de esta noche dormiremos bajo siete llaves...

domingo, 10 de agosto de 2008

El comienzo de la historia

Recuerdo como si fuera ayer ese 8 de Diciembre.
Me levente temprano tratando de concentrarme en no pensar en lo que estaba por suceder.
Nadie dijo mucho. Preparamos las cosas para el viaje a Santiago como si fuera un fin de semana cualquiera.
Tomamos la Autopista del Sol porque ese día la ruta 68 estaba cerrada por la peregrinación a Lo Vazquez.
La despedida en el aeropuerto fue solitaria. Solo mis padres y una de mis hermanas. Como si hubiera sido un viaje mas de vacaciones.
Llego la hora de ingresar a Policía Internacional.
Mi madre no lloro.
Cuando pasamos la caseta del oficial, me di cuenta que ya no había vuelta atrás.
Sentí deseos de correr, devolverme. Que estábamos haciendo?!. El momento de partir había llegado. La familia y la patria quedaban atrás...
Llore desconsoladamente. La decisión ya estaba tomada.
Era el comienzo de la historia...