Ser inmigrante no es fácil. De hecho, es lo más difícil que he experimentado en la vida.
Es un camino solitario, crudo e incluso a veces humillante.
Aprendes a "agachar el moño" y a darte cuenta que aquí, en el auto exilio, no importa tu apellido, en que barrio vivías o a que clase social pertenecías; aquí solo eres inmigrante y ya.
Pero a pesar de todo eso, lo más difícil es repetir cientos de veces la separación de los que amas. Porque para cuando alguien aparece en el aeropuerto de tu nuevo mundo, trae consigo un pedazo de patria, tus raíces, seguridad y un cariño que a veces olvidas tu tierra tiene por ti. Y eso duele. Duele desde que los recibes hasta que se van. Y dura semanas recuperarse de esa bofetada de patria.
Es como comenzar el calvario de nuevo.
Todo inmigrante lo sabe y lo va a experimentar en más de una ocasión. Con dignidad o sin ella.
Vuelves a preguntarte una y mil veces si tanto esfuerzo vale la pena, si tu nueva vida y lo que puedes lograr, vale la angustia de dejar todo lo que has amado por tantos años.
Porque ese conocido rostro que viene del sur, trae consigo más que regalos. Y se te aprieta el corazón desde que lo miras por primera vez después de tanto tiempo, hasta que te deja el alma vacía al partir de nuevo. Y cuesta volver a sobrellevar esa soledad.
Te sientes enfermo, cansado y cuesta respirar. Hasta que te vuelves a acostumbrar a la vida que has logrado y la imagen de Chile se vuelve nuevamente borrosa, una ilusión.
Y regresas a la vida cotidiana, a caminar por las calles y a confundirte con los habitantes de ciudades extrañas tan familiares ahora. Una dualidad difícil de explicar, porque no eres turista ni nativo, y sin embargo, ya eres parte del paisaje.
Pero Canadá es país de inmigrantes y mal de muchos es consuelo de tontos, asi es que puedes refugiarte en la soledad de otros y darte cuenta que no estás solo. Muchos lo lograron antes que tú y muchos lo lograrán después.
Pero ser inmigrante no es fácil y lo recuerdas cada vez que vuelves a dejar la patria partir.
Es un camino solitario, crudo e incluso a veces humillante.
Aprendes a "agachar el moño" y a darte cuenta que aquí, en el auto exilio, no importa tu apellido, en que barrio vivías o a que clase social pertenecías; aquí solo eres inmigrante y ya.
Pero a pesar de todo eso, lo más difícil es repetir cientos de veces la separación de los que amas. Porque para cuando alguien aparece en el aeropuerto de tu nuevo mundo, trae consigo un pedazo de patria, tus raíces, seguridad y un cariño que a veces olvidas tu tierra tiene por ti. Y eso duele. Duele desde que los recibes hasta que se van. Y dura semanas recuperarse de esa bofetada de patria.
Es como comenzar el calvario de nuevo.
Todo inmigrante lo sabe y lo va a experimentar en más de una ocasión. Con dignidad o sin ella.
Vuelves a preguntarte una y mil veces si tanto esfuerzo vale la pena, si tu nueva vida y lo que puedes lograr, vale la angustia de dejar todo lo que has amado por tantos años.
Porque ese conocido rostro que viene del sur, trae consigo más que regalos. Y se te aprieta el corazón desde que lo miras por primera vez después de tanto tiempo, hasta que te deja el alma vacía al partir de nuevo. Y cuesta volver a sobrellevar esa soledad.
Te sientes enfermo, cansado y cuesta respirar. Hasta que te vuelves a acostumbrar a la vida que has logrado y la imagen de Chile se vuelve nuevamente borrosa, una ilusión.
Y regresas a la vida cotidiana, a caminar por las calles y a confundirte con los habitantes de ciudades extrañas tan familiares ahora. Una dualidad difícil de explicar, porque no eres turista ni nativo, y sin embargo, ya eres parte del paisaje.
Pero Canadá es país de inmigrantes y mal de muchos es consuelo de tontos, asi es que puedes refugiarte en la soledad de otros y darte cuenta que no estás solo. Muchos lo lograron antes que tú y muchos lo lograrán después.
Pero ser inmigrante no es fácil y lo recuerdas cada vez que vuelves a dejar la patria partir.
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